Haití –la conmoción, su repentina y violenta aparición en el mapa– se llevó también las preguntas existenciales y banales, del tipo ¿por qué ellos?, ¿por qué ahora?, ¿Dios existe?
En cambio, me encuentro haciéndome preguntas mucho más urgentes e importantes.
Ya ves, yo creía en las instituciones políticas como camino para la solución de los problemas de la Humanidad: creía en el Estado, creía en las Religiones, creía en las Naciones Unidas, creía en el MERCOSUR y en la Unión Europea. Creía en la autoridad de dichas instituciones, en suma. Nada había por encima de ellas, en última instancia, para las cosas importantes, cruciales.
Y de pronto viene George Clooney y su batallón de estrellas: entretenedores, en su mayoría, y un puñado de artistas, a moverse, a movernos, a recaudar dinero y a distribuirlo. Rápida y eficientemente.
¿Dónde está el Poder?
Quizás, me digo con tristeza, haya que fijarse en otras instituciones, Farolera. El mundo ya no es lo que era. Mejor dicho, no es lo que me dijeron que era: los sueños de construir una Nación, algo más grande que yo misma, una identidad colectiva que nos conmueva, nos albergue y nos dé de comer, pertenecen al siglo pasado.
Ahora pertenecemos a una Nación global y, aunque eso es muy bueno en muchos sentidos, miro el recital de Cosquín por la tele y no puedo dejar de sentirme obsoleta, nostálgica, sentimentalista y naïve.
Pero, volviendo a Haití, digo: me dejó boquiabierta la forma en que la maquinaria hollywoodense arrasó con las iniciativas estatales –estadounidenses, haitianas, latinoamericanas–, la pasó por encima sin ton ni son y hasta Bill Clinton estuvo allí, simbolizando el punto exacto en que la hegemonía cultural y la hegemonía política se funden.
Movilización. Eso hicieron. Convocaron, inspiraron, movilizaron voluntades. Y no sólo eso: canalizaron ayuda, una ayuda bien material.
¿Dónde está el Poder? ¿Será, como dice Touraine, que los tiempos de la política y la economía están terminados?
En lo personal, tiendo a creer que el Universo nos está mandando un mensaje claro: nuestra actual forma de organización social es inadecuada para contener a toda la humanidad. Las catástrofes naturales –poco importa la discusión de su aumento o no en los últimos tiempos– demuestran que hay algo profundamente equivocado en toda la idea del dinero: el hecho mismo de que alguien cobre por esos medicamentos o por los pasajes de avión o por la nafta para los helicópeteros. ¿Cómo puede ser? Allí deberían caer instantaneamente todas esas máscaras. Se suspende el carnaval.
Pero no, porque hacer eso trae consecuencias para todos: los laboratorios entran en pérdida (¿cuánta, por otra parte?), en fin, sería una reacción en cadena, un efecto dominó con consecuencias difíciles de prever.
¿Hasta cuándo seguiremos jugando ese juego?
África es una Haití permanente. El Impenetrable del Chaco también lo es. El conurbano bonaerense, las cárceles, la vida de los chicos en situación de calle.
Esta catástrofe haitiana, al igual que el tsunami asiático, al igual que la crisis económica mundial desatada por la explosión de la burbuja financiera, todo apunta a un solo lugar: la grieta insalvable entre la Realidad y el Sistema con que nos empeñamos en describirla y navegarla.
Este sistema está mal, mal, mal…
Y así, entre estos pensamientos, se hacen las 2 am: la gente en Buenos Aires aprovecha que el calor es más benévolo a la noche y sale a tomar cerveza, a bailar, a disfrutar un regalo preciado que damos por sentado.








