
En mi opinión –y bien puedo estar equivocada, en cuyo caso les ruego me corrijan- la derecha liberal argentina en general se ocupa poco de las políticas sociales y concentra su atención y sus recursos en dominar variables económicas. Entiendo que esto se debe a que, en general, quienes suscriben al liberalismo pertenecen a las clases medias y altas y, por tanto, la satisfacción de sus necesidades básicas no depende de políticas sociales sino de las políticas económicas (darle un marco propicio a sus negocios). La izquierda, por el contrario, tiende a focalizarse en el costado “social” (a.i. las personas que dependen directamente del estado para comer, vestirse, atenderse por un médico y esas cosas) y, por esto, es mucho más consciente de las falencias del sistema, cayendo así en la simplificación económica “muerte al capitalismo”.
Ergo, si en 2011 asume la derecha (Macri ya adelantó su candidatura, vaya una a saber por qué), es probable que a nosotros acá –en nuestro microclima urbano acogedor- no nos cambie mucho, pero a una familia de Morón le puede significar la diferencia entre tener una casa o seguir viviendo en una casilla. (O peor: que los expulsen de allí a patadas para construir un “centro comercial”, autopista o lo que sea. Aunque un gobierno pretendidamente “progresista” tampoco les garantiza gran cosa). Puede significarle a una víctima de trata de blancas la diferencia entre ser protegida o ser deportada (se lo escuché a una legisladora PRO). Puede significarle a los obreros de una fábrica recuperada la conservación de su empleo o el desalojo forzado de la planta.
Sobre el iluminismo: nosotros los citadinos universitarios somos una pequeñísima minoría. Opinamos desde un living de Recoleta, comiendo y tomando, revoleando títulos universitarios entre frase y frase. Me pregunto cómo pensará la política un wichí del monte o, tal vez, un artesano de Santiago del Estero… creo que desde ahí hay que pararse para empezar a pensar en esta dicotomía izquierda-derecha. “Argentina” no somos sólo “nosotros”: hay todo un país ahí afuera, o acá nomás si te asomás a la ventana, que no está contemplado por la derecha. Cree que son sujetos de la “caridad” y no de la política.
Si alentamos esto, si le damos rienda, volveremos a achicar el estado, a librar (¡viva el liberalismo!) a la mayoría de la población a la buena de Dios y, en este momento, se me ocurre que no es una buena idea. No sólo necesitamos al progresismo por cuestiones económicas y políticas: lo necesitamos para contener una gran cantidad de gente que ya tiene miedo, que ya tiene hambre, que vive mal y la tratan peor. Gente que se ve defraudada y estafada una y otra vez por sus gobernantes, por sus sindicatos, por sus jefes. Que acumula frustración, bronca y resentimiento; y que tiene pocas herramientas o matices para expresarse y menos canales aún.
Entonces, ya sea que te mueva el amor a la humanidad o el temor a una revolución jacobina descontrolada (aka descontento social con consecuencias imprevisibles), la izquierda -o la centroderecha con “contenido social”, como podría ser el Acuerdo Cívico- es tu salida.