Éste es un tema en que cada uno tiene una opinión y, como tal, hay que respetarla, como en todo tema controversial.
El tema del aborto en Argentina está cruzado por las enseñanzas cristiano-romanas, monolíticas, abosolutas e intocables durante mucho tiempo. Por eso, más importante que la ley misma es, creo yo, la designación de autoridades específicas para tomar decisiones en los casos delicados. De otro modo, sucede que ni el médico ni el juez ni la familia quieren hacerse cargo de la decisión; mientras tanto, el crío crece y la madre desespera. La desesperación es siempre mala consejera.
Legalizar el aborto es claramente legitimarlo. Legitimar la interrupción de una posibilidad de vivir, me parece un hecho abominable. Ni qué decir si es la madre la que está negando a su propio hijo la posibilidad de ser. De elegir. De decidir.
Si la eutenasia está prohibida en este país -la aniquilación de la propia vida- por lógica y coherencia el aborto debería estar prohibido, pues es la interrupción de una vida ajena, una vida en gestación.
Ahora, esta última frase es importante: “vida en gestación”, pues allí se centra, a mi entender, todo el dilema. No se puede negar que el ser humano sólo está “completo” a partir de los siete meses, aproximadamente; por lo tanto, su carácter de “camino a ser”, implicaría una condición de no-ser todavía. Esto podría dar vía a las posiciones pro-choice para pelear la legalización; el feto no sería humano aún.
Por otra parte, la otra mitad de la frase, “vida”, también es innegable. Los fetos en gestación patean, se mueven, responden a estímulos. Pero más importante aún, es el hecho de que ese feto es un ser que tiene la posibilidad de vivir, es decir, de existir en este mundo. ¿Quién puede decir en buena ley -pun intended- que tiene derecho a quitarle a otro ser la posibilidad de existir?
Atropellar los derechos de otro es siempre un acto de soberbia y falta de respeto; en este caso se agrava cuando se trata de mujeres que quieren “ejercer plenamente su derecho al placer” pero no quieren aceptar sus consecuencias. Porque una cosa es ignorar las consecuencias y otra muy distinta es evadirlas. Eso se llama “responsabilidad”: responder ante los propios actos. Aclaro, para las feministas y científicos sociales pseudo-progresistas, que no estoy diciendo que todos los “embarazos no deseados” convertidos en abortos tengan como causa el deseo de evadir las consecuencias. Soy bien consciente de que la mayoría de esos embarazos abortados suceden por falta de conocimento acerca de los métodos anticonceptivos y el acceso a ellos.
Pienso que un buen camino, ya que no es ”solución”, sería despenalizar el aborto, capacitando a médicos, líderes comunitarios, docentes y demás actores sociales para acompañar a las mujeres conflictuadas con su embarazo, darles información completa y los medios para alcanzar lo que ellas consideren mejor -en el mejor de los casos, para su futuro hijo tanto como para ella misma-.
Asimismo, es fundamental la plena circulación de la información acerca de los métodos anticonceptivos, el concepto de planificación familiar y el acceso gratuito a estos métodos -pastillas, preservativos y demás-. También es necesario informar a la sociedad acerca de la disponibilidad de este acceso, ya que en muchos casos existe pero no es difundido.
Soy consciente de la controversia que ocasionan las opiniones acerca de estos temas; pero también estoy convencida de que todos podemos aportar algo de luz a este dilema social. No creo que existan unos pocos iluminados que puedan hablar de estos temas mientras los demás miramos desde el banco; creo que es posible, y deseable, que todos emitamos una opinión al respecto, basada fundamentalmente en el respeto al otro y el deseo común de mejorar nuestra breve estadía como huéspedes que somos en esta tierra.
