Había una vez una niña que, persiguiendo a Alicia, se perdió en un planetita lejano. Había allí un gran cielo de superficie áspera y un suelo hecho de tiza.
Mientras esperaba que regresara el regente de ese planeta, se sentó junto a la flor, tomó un trozo de suelo y se puso a dibujar en el cielo.
Pronto sus criaturas fantásticas cobraron vida y algunas levantaron vuelo…
Allí se quedó ella, olvidada de sí misma, mientras miles de seres pasaban a saludarla. Le contaban historias de los lugares que habían visitado y otros seres que habían conocido. Un día, por ejemplo, aterrizó sin previo aviso un dragón y le regaló un Ciruelo…
Descubrió así Anita que Fantasía no sólo es un planeta –también es una vocación.
