Perdida en la ciudad gris, la ciudad sin sol, las manos secas dentro de los bolsillos, la nariz buscando resguardo en las múltiples capas insuficientes del abrigo.
Había una cita, o dos, una ciudad enardecida de bocinas y llantas. Había plata, taxis, apuros, cafés de entretiempo. Había un solo deseo, allá, una brasa tras el pecho.
Todo estaba orquestado.
Pero la cita nunca existió. Todo ese movimiento para nada. Se desvaneció el esfuerzo, se esfumó entre las esquinas rotas, la obra en construcción, el obrero en bici.
Indiferente a la música en el subte, el cliché de las películas, volví a mi casa, aturdida.
La clase era otro día, mis sentimientos eran otros, no los que te dije. ¿Por qué dije eso? No era eso. Era esto. Pero quizás ya sea tarde.

